Entre la «etapa prechavista» y la soberanía popular

El socialismo está lejos aún de tocarle la puerta a Colombia. Pero hay algo en lo que Álvaro Uribe Vélez no se equivoca: el uribismo se encuentra en cuidados intensivos.

Álvaro Uribe Vélez en Cali, Colombia, en 2010. Foto: Neil Palmer / CIAT


«El senador Gustavo Petro debe explicar si recibió dinero de Miguel Rodríguez Orejuela. Un allegado de Miguel Rodríguez, en tiempo reciente, ha afirmado que le dieron un millón de dólares al señor Petro», señalaba semanas atrás Álvaro Uribe Vélez ante la plenaria del Congreso. Agregaba, además, que para el supuesto pago –efectuado por el jefe del cartel de Cali al líder de Colombia Humana– «se utilizó el canal de Venezuela».

Nunca se había visto a Uribe emitir ataques de tal pompa. Durante una década, su figura permaneció impávida, cobijada por la gracia que el consenso popular y las mayorías políticas le concedían. Elegido por primera vez presidente en 2002, Uribe devino rápidamente en el líder político de mayor proyección nacional, ganando al instante simpatías suficientes para consolidar su imagen como el mejor presidente de la historia de Colombia.

Eso sí, no hubo encuentro regional en el que el patriarca colombiano permaneciera impasible. La estatura de Uribe, disminuida ante el encuentro con otros jefes de Estado, buscaba recomponerse al hacer de cada cumbre Latinoamericana una pelea de gallos. «Águila no caza moscas», solía decir Hugo Chávez.

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